Un teléfono inútil (cuarta parte)
Recuperándote aún de la “gratísima” sorpresa de saber que el ayuntamiento muncipal se embolsará un pico por haber trasladado tu coche a sus dependencias no te derrumbas y caes al suelo porque algún desaprensivo ha permitido que pisarás la abandonada mierda de su perro, y tampoco te pones a llorar, porque recordemos no llevas ni un solo céntimo encima con lo que no tendrías ni para pañuelos. Abatido vuelves a tu oficina donde esperas que alguna alma caritativa te ayude en situación tan desesperada, en tu camino pasas por delante de un naranjo precioso del que cuelgan sus frutos, la verdad es que aborreces el olor de la piel de naranja pero tienes tanta hambre que no te lo piensas dos veces, tomas una y al menos piensas que pondrás algo en tu estómago, finalmente llegas al portal de tu oficina, accedes al vestíbulo y antes que puedas dar otro paso, la educada recepcionista te reclama que porfavor la ayudes, por un momento piensas que será para cargar algun archivador pesado o algo por el estilo, pues conoces su estado de embarazo avanzado, así que amablemente te diriges a ella, cruzas la mesa mostrador y no puedes creerlo, observas como la chica se encuentra patiabierta en su silla, en el suelo un charco enorme y ella con la respiración accelerada, tu por un momento dudas, te rascas los ojos, pero en efecto parece estar dando a luz a una criatura, eres consciente de la situación pero aún así le lanzas una absurdez de pregunta que ronda por tu cabeza, y le preguntas: “¿Qué te ocurre?”, ella naturalmente, ante tal situación no te contesta nada mejor que: “¿Acaso no lo ves?”
Coges el teléfono y llamas al hospital para que te envien una ambulancia, aparece el ordenador de la centralita del hospital y escuchas: “Si tiene una urgencia marque UNO ó diga UNO”, “Si su caso no merece urgencia marque DOS o diga DOS”, “Si desea hablar con una extensión el hospital marque su número”, “Si desea hablar con una habitación marque su número” … después de dos minutos escuchando la “corta” locución, ya no sabes ni que número tienes que marcar, así que empiezas a pelearte con el teléfono y a decirle UNO! UNO!! UNO!!!!!! al ver que no funciona empiezas a presionar en el teclado númerico el número UNO, una y otra vez, maldices al maldito cachivache automático que te atiende, y como el UNO no funciona terminas por darle al DOS, se escucha como el ordenador te transfiere a la sección de no urgentes, una agradable voz te atiende y le comentas tu caso, que necesitas una ambulancia, que porfavor la manden ya de una vez porque llevas ya cinco minutos al teléfono, ella cortesmente, te contesta: “Le paso con el departamento de urgencias” y tu te quedas pasmado/a. Después de otros cinco minutos de escuchar un: “Espere porfavor, en breve atenderemos su llamada” finalmente una chica descuelga el teléfono y te pregunta el motivo de la llamada, alterado/a intentas transmitirle tu mensaje, pero te responde que en esos momentos tienen todas sus unidades móviles ocupadas, que como mínimo tendrás que esperar media hora, cuelgas enfurecido/a hasta tal punto que partes el auricular. Entre tanto tu compañera de trabajo se pone a gritar como una loca, porque no ve resultados a tus maniobras.
Terminas por llamar un taxi, con el que pretendes llevar la embarazada al hospital, corres al despacho del jefe y le tomas las toallas de su aseo personal, ayudas a la chica a levantarse, y que decir que cuando ves el estado de la silla, piensas dentro de ti: “en esa silla no me siento nunca más”. Escuchas un estridente pito en la calle, parece ser el taxi ha llegado, como puedes carreteas a tu compañera envuelta con las toallas y pones otras en al asiento de atrás del taxi, el taxista contempla la escena y no mueve un puñetero dedo, por momentos piensas que no quiere llevarte, por eso le miras a los ojos y le lanzas una mirada asesina, en ese instante reacciona, se sube y pon las manos al volante. La pregunta más obvia en ese momento sería dónde vamos, pero el taxista parece que no tiene prisa, y te pregunta si sóis pareja … tu ya con un cabreo encima de mil demonios lo mandas a tomar viento y le recuerdas que el coche no se mueve si no lo enciende. El taxista parece ponerse las pilas y al puro estilo políciaco de las persecuciones americanas emprende una carrera sin límite hacia el hospital, con tan mala suerte que un control de los Mossos de Esquadra (Polícia autonómica de Catalunya, España) le fotografían con el radar. Tu y tu compañera en el taxi, ambos locos porque llega el niño, este conductor conduce como los “Locos de Cannoball” y para postre os persigue la policía como si de delincuentes se tratase. Como si no fuese suficiente, en ese instante empiezas a sentir unos retortijones tremendos, crees que serán los nervios, esa sensación se agrava por momentos y empiezas a perder la noción del tiempo, los segundos parecen minutos y los minutos no transcurren en tu reloj, sientes que vas a reventar allí mismo, te aguantas el aire como si de algo sirviese, entonces el taxista grita: “ya llegamos!”, tu sin pensarlo dos veces, te olvidas del mundo, porque lo que ahora importa es TU MUNDO, y poder sacarte ese peso que quiere salir de ti, por ello abres la puerta y sales como una flecha del coche hacia el interior del hospital, correteas por el pasillo, no sin que algún médico te llame la atención, sin embargo a ti te da igual, finalmente al final del pasillo ves la puerta de tu salvación y sin mirar mucho más te metes dentro, corres y abres la puerta del baño, la cierras, te bajas como puedes los pantalones y antes que puedas sentarte, obviaré los detalles para no resultar escatológico.



Escribe un comentario